Ayer, 17 de mayo se celebró el Día internacional del Reciclaje y nuestra realidad o la realidad municipal, y por extensión, las comuna de nuestro país tienen mucho que decir al respecto. La gestión de los residuos sólidos ha dejado de ser una preocupación periférica de la administración local para transformarse en el eje central de la política pública comunal. En este 2026, la realidad ambiental de Chile nos sitúa ante una encrucijada insoslayable: con un promedio nacional de 1,1 kilos de desechos diarios por persona y una alarmante tasa de disposición final que envía el 96% de la basura domiciliaria directo a los rellenos sanitarios, el antiguo modelo de «recoger y enterrar» se ha vuelto técnica y moralmente insostenible.
Ante este panorama, la progresiva aplicación de la Ley REP (Responsabilidad Extendida del Productor) y las metas de la Hoja de Ruta para un Chile Circular al 2040 marcan una nueva pauta regulatoria. Sin embargo, las leyes solo trazan el mapa; es en el territorio, calle por calle y hogar por hogar, donde se libra la verdadera batalla por la sustentabilidad.
Como municipalidad, asumimos que nuestra función ha evolucionado. Ya no basta con asegurar el paso del camión recolector; hoy nuestro deber es coordinar una infraestructura circular local que sea eficiente, accesible y transparente. Esto implica desde la optimización de los Puntos Limpios institucionales hasta el codiseño de convenios estratégicos con los Sistemas de Gestión para el retiro de productos prioritarios.
No obstante, la infraestructura municipal es solo un eslabón de la cadena. El éxito de este viraje normativo depende de un factor humano crítico: la corresponsabilidad ciudadana. El reciclaje no comienza en la planta de valorización ni en los contenedores comunales; se inicia en el momento exacto en que un vecino decide lavar y separar un envase en su cocina, rechazar un plástico de un solo uso o implementar una compostera para sus residuos orgánicos.
Convertir el lema de la UNESCO de ser «héroes del reciclaje» en una práctica cotidiana exige educación y constancia. Modificar hábitos arraigados por décadas es un proceso complejo, pero las metas nacionales que nos obligan a reducir los residuos residenciales en rellenos a un 10% para el 2040 no otorgan margen para la complacencia o la espera.
Invitamos a cada vecina y vecino a ver en esta transición normativa no una carga burocrática, sino una oportunidad histórica para elevar la calidad de vida de nuestros barrios. La construcción de una comuna limpia, eficiente y verdaderamente circular es una tarea colectiva. La normativa ya está vigente; la infraestructura se está desplegando. Ahora, el cambio definitivo depende de la voluntad y el compromiso que demostremos en cada uno de nuestros hogares.



