Diplomacia y soberanía: El costo del «gustito» personal
La diplomacia es, por definición, la disciplina de la forma y el fondo. Cuando un representante del Estado cruza la línea entre su identidad personal y su deber institucional, el daño reputacional para el país es inmediato. Lo ocurrido con la embajadora en Nueva Zelanda, Manahi Pakarati, evidencia una preocupante falta de criterio sobre lo que significa ostentar la representación de Chile en el exterior.
Promover la «libre determinación» de un territorio nacional desde una cuenta oficial —o siendo figura pública del servicio exterior— es incompatible con el juramento de defender la integridad del Estado. Una simple «reprimenda» de la Cancillería parece un gesto tibio frente a una acción que coquetea con el separatismo. Si el Gobierno pretende mantener una política exterior seria y coherente, no puede permitir que sus embajadores actúen como activistas de causas particulares, por muy legítimas que les parezcan en su esfera privada. La soberanía no es un tema de libre interpretación para quienes tienen la misión de custodiarla.



