A través de un proyecto liderado por la Universidad de O’Higgins y el Gobierno Regional, se han instalado 600 ejemplares botánicos en puntos estratégicos para filtrar contaminantes y recuperar el equilibrio de estos ecosistemas críticos.
Por Redacción El Diario
La Región de O’Higgins ha iniciado una fase decisiva en la protección de su patrimonio hídrico. Mediante el uso de «soluciones basadas en la naturaleza», investigadores y autoridades locales ejecutan un plan de restauración ecológica que busca revertir el deterioro de los humedales en comunas clave como Pichilemu, Las Cabras y Pichidegua.
El eje central de la iniciativa es la introducción de 600 plantas nativas seleccionadas no por su estética, sino por su capacidad técnica: actuar como filtros biológicos para absorber el exceso de nitrógeno y fósforo. Estos nutrientes, provenientes mayoritariamente de la actividad humana, son los principales responsables de la degradación del agua en estos entornos.
Un escudo natural contra la contaminación
El proyecto, ejecutado por el Laboratorio de Ecosistemas de Humedales de la Universidad de O’Higgins (UOH) y financiado por el Fondo de Innovación para la Competitividad (FIC), marca un paso del diagnóstico a la intervención directa.
La Dra. Gemma Rojo, directora del proyecto, destaca que el uso de especies autóctonas garantiza que la restauración sea sostenible. «Buscamos que el humedal recupere su capacidad de retener nutrientes y mejore la calidad del agua de forma autónoma», señaló la académica.
Por su parte, el Gobernador Regional, Pablo Silva Amaya, reafirmó el compromiso de la administración con la crisis climática: «Estamos impulsando la conservación de humedales y planes de acción comunal porque proteger la naturaleza es una prioridad para nuestra gestión».
Intervención en el litoral y el interior
La estrategia no se limita a un solo punto geográfico, sino que abarca diversos ecosistemas de la región:
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Zona Costera: Intervenciones en las lagunas Petrel y Cáhuil (Pichilemu).
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Zona Interior: Acciones en el Embalse Rapel (sectores Llallauquén y Cubeta de Alhué) y en los humedales San José y Las Juntas (Pichidegua).
Para asegurar que los resultados sean efectivos, el equipo científico realiza monitoreos mensuales. Estos incluyen análisis fisicoquímicos del agua y el uso de cámaras trampa para registrar cómo la fauna local —especialmente las aves— reacciona a la mejora de su hábitat.
Identidad y participación ciudadana
Más allá del rigor científico, el proyecto tiene un fuerte componente social. En Las Cabras, por ejemplo, el humedal de Llallauquén es considerado un corredor biológico esencial para la identidad de sus habitantes.
La iniciativa integra a organizaciones sociales y agrupaciones vecinales, fomentando la educación ambiental. El objetivo final es que la propia comunidad se convierta en la guardiana de estos espacios, asegurando que la recuperación del ecosistema perdure una vez finalizado el financiamiento técnico.



